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Los cambios contantes en las empresas generan la necesidad de una adaptación veloz en todos los niveles, pero sobre todo en los líderes. Las competencias que se tomaban en cuenta 45 años atrás han cambiado, pero al mismo tiempo, otras se mantienen y se hacen aún más necesarias. En tiempos de disrupción, la empatía y la apertura a la novedad, entre otras, se han vuelto clave para lograr el éxito.

 

En mi rol de consultora es recurrente la pregunta acerca de qué requieren los líderes de hoy, casi como una contrapartida del de tiempos pasados. Desde 1973, año en que fundé Valuar, hemos conocido muchísimos líderes y otros tantos estilos de liderazgo. Pero siempre hay puntos en común. La respuesta es que deben tener muchas características iguales a los del pasado, pero acentuadas, dadas las necesidades de estos tiempos inciertos y cambiantes, y los rasgos tan distintivos de las nuevas generaciones, como lo son la integración y el conocimiento digital característicos de estos tiempos.

Los líderes requieren contar,  hoy más que nunca, con: empatía, apertura de mente, aceptación  y confianza en la diversidad, coraje frente a la innovación, cercanía a la gente y extrema  generosidad.

La forma de estar preparados frente a la fuerte disrupción, que en la mayoría de los casos proviene de los avances tecnológicos, es saber anticiparse a ellos escuchando las voces más jóvenes de la organización, quienes son los primeros en percibir y abrazar los cambios y las nuevas tendencias.

Al mismo tiempo,  deben saber atraer y retener  colaboradores de un universo diverso, gente que piense diferente, con otras perspectivas y visiones, que enriquezcan su mirada del mercado y del mundo en general. Tienen que estar dispuestos a equivocarse, y volver sobre sus pasos, aprender de los fracasos, y tener una actitud de aprendices frente a la vida, lo que les permitirá escuchar voces de todo tipo y color. La actitud de cercanía a la gente, escuchar sus ideas con atención, estar receptivo a las sugerencias de los colaboradores, no solamente redundará en mejores diagnósticos y por ende, en mejores soluciones, sino que también generará un clima participativo donde las personas se sienten escuchadas, valoradas y sus opiniones cuentan.

Un buen líder no es un ejecutivo que conduce equipos, sino que inspira; no enseña, sino que ayuda a aprender; no transmite información, sino que la comunica y comparte. El líder trabaja para su gente, no la gente para él. Está a disposición de los equipos, abierto a sus inquietudes y preocupaciones; y lidera con el ejemplo, actuando la ética que proclama.

Más allá del éxito y de los buenos resultados, que son indispensables para la vida y continuidad de la empresa, un buen líder estimula y premia que los colaboradores expongan sus propuestas y proyectos, acepta que la gente piense diferente y se concentra en entender esas diferencias. Si hay fracasos, no los castiga, trata de no atarse a las herramientas exitosas del pasado y reconoce que la disrupción está aquí para quedarse.